Tor des Geants 2011, por Eltziar.

Paco Contreras Jr. (Eltziar) y la montaña llegan a mimetizarse, quien lo conozca sabréis de lo que hablo, y quien conozca a su padre (SuperPaco) lo confirma.

Debéis leer esta crónica, os lo aconsejo, no se puede resumir mejor una experiencia como ésa.

TOR DES GEANTS – 2011

Endurance-trail della Valle d’Aosta

Hay un país en el Norte donde las montañas se estiran hasta rozar con sus cumbre nevadas el cielo, donde las nubes no pueden escapar a la atracción de la Tierra, donde los torrentes horadan la superficie esculpiendo profundos barrancos, conduciendo la vida por todos los lugares…

Autor: Eltziar CM

Esta pequeña y caótica crónica trata de mi paso por ese país.

DÍAS PREVIOS

Ante una aventura de tales dimensiones, donde los números que la presentan te invitan claramente a quedarte en casa es inevitable en los momentos previos derramar un torrente de dudas que harán un añadido más a la logística de otras carreras. Sobre el papel podría considerarse una sucesión de etapas bien diferenciadas e independientes, pero no nos engañemos se trata de una auténtica carrera non-stop (como ya apuntaría nuestro amigo Fali) donde el participante decide dónde, cuándo y cuánto para y en qué emplea ese tiempo, tiempo que no deja de menguar sobre el total de 150 horas.

La planificación previa que cada participante se ha esmerado en preparar deberá ponerse a prueba a medida que aparezca la fatiga y el sueño, el aspirante a Gigante deberá superar un importante desnivel y kilometraje, también deberá lidiar con las eventualidades meteorológicas, este año catalagodas de excepcionales- y la aparición de dolores articulares, ampollas y otras molestias propias de quién va a estar en activo durante una semana con periodos mínimos de descanso, una media de entre 1-4 horas por sección, de las siete que presenta.

Todas las personas que inician un viaje saben que los días anteriores, hacer la maleta es la cuestión fundamental, a ver qué me falta, ropa, calzado, guantes, botiquín, ¿habré echado los calcetines necesarios?, este chubasquero  mejor duplicado por si empeora el tiempo, es mejor ser precavido que lamentarse después. Alguien dijo que llenamos las maletas con nuestros miedos -sobre todo- puede ser que sea cierto, que sea el miedo lo que más pesa en nuestro equipaje. Al final con tantas cosas que hemos metido, no se sabe bien cómo vamos a cerrar esa cremallera sin que reviente, como muy presumiblemente  reventemos nosotros en el empeño de finalizar el Tor des Geants.

Ya se acerca el día del viaje, al menos la hora de salida del vuelo que nos corresponde, a media mañana, con destino Málaga-Milán permite dormir con relativa tranquilidad esa noche. Un día antes recibo la llamada de Fernando, de Alicante, todo un descubrimiento como persona y que ha hecho de la aventura su estilo de vida y razón de ser, un experto en perseguir sueños inalcanzables para la mayoría de los mortales, y con el que quedo en la Estazione Zentrale de Milán, nudo de comunicación de esta parte de Italia.  Desde aquí y usando el metro estamos en una hora en la estación de Campagnolo, situado al norte de la ciudad, punto de partida de los autobuses que nos llevarán hacia el valle de Aosta, a Courmayeur en concreto, donde el domingo a las diez de la mañana empezará para cerca de 500 personas una de las aventuras más intensas de sus vidas.

Quiere la providencia que en el mismo autobús viaje Ruggero, cuya saca amarilla, distintivo de aquellos que ya han participado, capta poderosamente nuestra atención y hace que entablemos conversación. Hemos encontrado a un anfitrión perfecto. Al llegar a Courmayeur nos indica donde nos alojaremos -en distintos hoteles- esta noche. El hotel Walser es un acogedor y familiar alojamiento en cuya recepción llama la atención una foto del legendario Marco Olmo con uno de los empleados, Luigi, a la postre voluntario en la organización del Tor, acordamos que para el resto de la estancia, Fernando se mudaría aquí.

Al día siguiente no hay más novedad que pasear por el pueblo buscando el obligado souvenir para la familia, por la tarde recoger el dorsal -en mi caso el 358- y la mencionada saca donde meteremos el material que la organización transportará por las distintas bases, de ahí la importancia de meter lo justo y necesario, ropa, calcetines, zapatillas y cualquier cosa que estimemos nos será necesario. En la habitación parecemos toreros, sólo nos falta tener a mano una pequeña imagen a la que encomendarnos, no obstante tenemos algo más práctico, un listado que revisamos con esmero en varias ocasiones, no queremos lamentar un olvido innecesario .

Tras cenar en el restaurante-pizzería que la noche anterior Ruggero nos había recomendado, la noche pasa rápida aún descontando los efectos de la opípara cena, despertamos temprano para desayunar  dispuestos con el mejor de los ánimos y fuerzas para el Tor en su segunda edición. La numerosa delegación catalana en las mesas contiguas al igual que nosotros da buena cuenta de las viandas que el hotel pone a nuestra disposición. Nos deseamos suerte y nos retiramos a nuestras respectivas habitaciones para enfundarnos el traje de faena.

EMPIEZA LA AVENTURA

En las calles aledañas reina un ambiente festivo, bajo el arco de meta las miradas perdidas de los que en breve saldremos tiene su contrapunto en la mañana colorida de la tardía primavera,  las flores en las distintas terrazas compiten en vistosidad con  las múltiples banderolas que jalonan el arco de salida informando de la procedencia -más de veinte países- de los que en breve estaremos lejos de allí, los uniformes no menos coloristas de todos nosotros se unen también a la fiesta y aumentan el colorido de la mañana.

Tras el discurso protocolario, deseándonos la mejor de las fortunas,  entrechocando los bastones al aire y al amparo de los aplausos de  familiares y vecinos de Courmayeur, iniciamos esta aventura. No hay vuelta atrás, durante una semana estaremos, sin apenas descanso,  desperdigados, pateando estas montañas que a partir de ahora iremos nombrando y que contemplábamos desde el autobús en el viaje de ida, más de 300 kilómetros de senderos en un recorrido circular en el valle de Aosta y 150 horas para finalizarlo.

El trote inicial, para algunos carrera, se convierte enseguida en vigorosos pasos en la primera y cercana subida del Tor hacia el Col de Arp. Recuerdo en estos momentos que Juan Domenech, participante en la edición anterior, me comentaba que en los primeros 70-80 kilómetros el desnivel a superar es impresionante, esto unido a ciertas preocupaciones por mi estado físico hace que baje el ritmo, como dicen los italianos, piano, piano. Sobre la mitad de la ascensión  Fernando se descuelga, es lógico -pienso- somos muchos, el sendero estrecho  permite pasar al que tienes delante con bastante dificultad, reservemos fuerzas, seguro que bajando me alcanza.  No nos veríamos más.

La primera bajada puede denominarse de kamikaze, parece ser que aún no nos hemos estabilizado y la mayoría de la gente baja hacia  el valle que se extiende frente a nuestros ojos, corriendo como si la meta estuviese 5 kilómetros más adelante. Como no quiero estar apartándome de continuo inicio un  trote suave hasta el carril -luego carretera- de manera que habiendo suficiente espacio no sea un estorbo para ser adelantado y me permita ir a mi aire.

Inmediatamente estamos encarando la primera de las subidas importantes del recorrido, hemos dejado atrás La Thule, te pasan y pasas a la gente, y así hasta al anochecer donde encontrándonos ante un paso estrecho -asegurado con pasamano de cuerda- empieza a caer las primeras gotas de lluvia. Pienso en los que vendrán después, se les puede complicar bastante este lugar, pues la piedra mojada incrementa el potencial peligro por el añadido factor de deslizamiento.

Luego sabría que fue en  este lugar donde Fernando, por un desafortunado accidente debería  renunciar -al menos este año- a su sueño, como pudo llegó a la primera base de vida donde fue atendido de este percance y que le afectó sobre todo a la rodilla derecha, afortunadamente sin grandes consecuencias futuras.

Casi empapados llegamos a Valgrisenche, en mi caso con los pies secos gracias a la acertada elección  de las zapatillas de goretex, para muchos esta lluvia sería el germen de futuras ampollas.             Cambiarse de ropa y comer algo ocupa al menos una hora, muy pocos tienen intención de pernoctar aquí. Continúo con las zapatillas de goretex, calculo que serán necesarias un buen trecho al acumular la yerba baja gotas de agua que pueden humedecer cualquier calzado. A pesar de caminar en solitario pero a corta distancia de otros corredores, puedo vislumbrar en los continuos adelantamientos, el rostro de los que durante muchos kilómetros vamos a estar más o menos juntos, entre ellos Carles y Sergi integrantes del grupo catalán que se alojaban en el mismo hotel y que harían un destacado y brillante papel.

MÁS DURO DE LO QUE PARECE

En el kilómetro 70 hemos superado un desnivel positivo de 7000 metros. Las subidas parecen eternizarse, aún contando con refugios intermedios que ayudan a recuperar el resuello, contar y alcanzar la próxima banderilla se convierte en un juego mental, el inmediato objetivo,  que te deja, -una vez que has perdido la cuenta de las que llevas- ganar altura hasta la que parecía inexpugnable cumbre, las bajadas ponen a prueba nuestras rodillas además de nuestro sentido del equilibrio, el cual debe lidiar con situaciones complicadas a la vez que peligrosas, es el caso del descenso del col Fenetre, que con la lluvia caída y el fino barro superficial se convierte en una pista de patinaje donde ejercer un  intenso ejercicio de concentración, pues intuimos que en caso de derrapar podemos terminar fuera del alcance del más potente de los frontales, así y todo, algunos osados -no sé si incluirme entre ellos- se atreven a desafiar estas circunstancias y lo hacen a una velocidad más elevada de la aconsejada. Respirando tranquilos alcanzamos Rhemes-Notredame.

Decido continuar porque quiero descansar en la siguiente donde cambiaré las zapatillas, más transpirables, pues la meteorología que anuncian será excelente. El col Entrelor nos espera con sus 3002 metros, siendo el punto más alto de la travesía. A partir de aquí el piso se torna más irregular, se atraviesan morrenas de varios glaciares, las piedras son un obstáculo continuo en la progresión, brincamos a veces como cabras de una a otra, las rodillas se quejan, los bastones acuden en su auxilio a riesgo de quebrar también, en una de estas bajadas un sonido de alguien canturreando lo que parece una canción pastoril llega alegremente a nuestros oídos, giramos la cabeza y la ordenada fila de sufridores contemplamos con inusitada expectación cómo una mochila azulácea de 70 litros con jarrillo metálico suspendido de uno de sus laterales haciendo de timbal, se desplaza de bote en bote, de piedra en piedra, sin ningún bastón que la frene, haciendo rodar piedras que ruedan y se desplazan ladera abajo impulsadas por la pisada de un japonés bajito que la porta y apenas se percibe. El “japonés de la mochila” será uno de los personajes recordados por todos en esta edición del Tor y uno de los más aplaudidos en la ceremonia de entrega de premios.

En unos 8 kilómetros llegaré a Cogne, segunda base de vida, observo que todo el mundo me adelanta y además con clara impaciencia, lo que me hace suponer que  la barrera horaria está próxima. Acelero el paso como puedo ignorando el dolor con que las rodillas intentan frenarme y que puede ser un aviso de un desenlace fatal, la última parte de esta rampa interminable, sembrada de piedras, escalones y raíces superficiales me ponen definitivamente a prueba, no sé por qué , pienso que alcanzaré Cogne con un margen de tres horas y esto me inquieta, no dispondré de tiempo suficiente para descansar como deseaba. Haciendo cálculos mentales caigo en la cuenta de que le he dedicado demasiado tiempo a esta sección, estaba fuera de mis planes, hay algo que marcha mal. Ya en el carril inicio el trote y a unos tres kilómetros pregunto al primero que encuentro, Daniel venido de Vancouver y cuya mujer de origen español hace que nos entendamos con relativa facilidad. Me aclara que la barrera horaria está fijada para el día siguiente, martes a las 6 de la mañana. Era lo mejor que podía oír en esos momentos, hemos pasado de estar virtualmente obligados a continuar sin descanso a tener un colchón horario de 15 horas. A las tres de la tarde entro a Cogne, en realidad no me importaría seguir, el sueño no parece ser un problema, decido premiar las piernas con un par de horas de descanso. Comiendo, una voz familiar me saca de mi abstracción, se trata de Samuel y Lidia, -dos amigos del País Vasco- que me dan la alegría del día, están siguiendo y animando a varios amigos y de paso a todo aquél que lo necesite. En concreto Samuel tiene intenciones de acompañar en la última etapa a Pablo Criado una de las principales bazas españolas junto a Salvador Calvo para alzarse con el triunfo final.

Tras una rápida ducha, me voy a descansar, me tumbo en un camastro de campaña que resulta bastante incómodo debido a la barra transversal por donde se pliega, no logro conciliar el sueño, al menos las rodillas agradecen este gesto, más sabiendo que la siguiente sección además de mantener el kilometraje presenta quizás el piso más irregular de todas.

Caminar de noche tiene sus inconvenientes, sobre todo cuando el paisaje, el entorno por donde pasas es único e incomparable, a pocos kilómetros de Donnas, Pontboset es una pequeña población rodeada de puentes colgantes, que ayudan a superar los numerosos barrancos por cuyo fondo el agua se precipita de manera vertiginosa, el frontal no alcanzaría en muchos de ellos llegar hasta la lámina de agua, sólo el estruendo del agua te sugiere la altitud a la que estás colgado, a la vez que un leve balanceo del puente te origina un leve cosquilleo en el estómago,  al comprobar  con estupor cómo el chorro desaparece en el más negro de los vacíos.

Atrás quedó Donnas, sobre el kilómetro 150, aún no hemos alcanzado la mitad del recorrido. Caminamos en grupo, Carles que va en cabeza, Sergi y detrás  yo, de noche encaramos el paso de Vechia, ni en sueños imaginábamos que tras la extenuante subida íbamos a ser obsequiados con el espectáculo que nos tenía reservado este paso, una hendidura pétrea, una tajada en el monte donde con dificultad manifiesta tres personas ya se estorban, el valle aparece en todo su esplendor iluminado, serpenteando los numerosos recodos con las luces de farolas y casas dibujando perfectamente la figura indicada. Con mucho cuidado descendemos, el grupo ha aumentado sensiblemente, un participante de 61 años repite edición, en su rostro se dibuja la sonrisa del niño que con agrado aprende algo nuevo, sus arrugas, la experiencia que acumula tras miles de horas pateando estos lugares. Carles avanza  con paso firme, las rocas, movidas por una fuerza vital ajena a toda comprensión parecen apartarse ante la firme pisada de aquél por el temor de ser trituradas bajo la suela de su calzado, atrás Sergi y yo somos más precavidos, no estamos para excesos, aguantamos como podemos, en su caso las ampollas que presenta con motivo de la jornada de lluvia empieza a ser preocupante, cada paso le supone sumergir los pies en los rescoldos incandescentes de un incendio sin fin.

Llegamos a Niel, a tan sólo 10 kms del fin de esta sección, se trata de uno de los refugios intermedios donde puedes hacer un alto para dormir siempre que no suponga más de dos horas. Comemos algo, de manera automática, con sendas bolsas de hielo en ambas rodillas para bajar la inflamación, tanto Carles como yo nos vamos a la tienda de campaña. La poca consistencia de las paredes de la tienda y la única manta con que nos arropamos es insuficiente para entrar en calor, en mi caso dejo aparte las bolsas que me cubren las rodillas creyendo que así remediaría en algo la situación, es imposible. A Carles y a Sergi no les va mejor, los tres ya metidos de nuevo en faena iniciamos  la marcha por una senda empedrada que en ascenso nos conduce al próximo alto, el col Lasoney.

Existe un valle rodeado de montañas, un lugar donde los Gigantes trazaron una vía para recorrer sus dominios. Un lugar donde la luna llena es la compañera en la noche, la que nos alumbra y desvía nuestros temores.

GILDA

En Gressoney nos detenemos lo mínimo. Se deduce de las conversaciones de los que aquí descansan que la 5ª y 6ª secciones van a ser un mero protocolo, pero no nos engañemos no existe ni tregua ni descanso hasta alcanzar Courmayeur.

En la noche, cuando las nubes lo permiten, la Luna llena ilumina el camino y recorta los perfiles de las montañas cuyas sombras se alargan y caen como cipreses tumbados, usar el frontal en estos momentos es casi una obsecinad. Aprendemos a caminar en sueños y soñamos que caminamos, que la realidad se ha transmutado en una densa vereda y que al pisarla te atrapa y te impide avanzar. Y siempre la piedra inoportuna, te recuerda al tropezar, dejándote un agudo dolor,  la seguridad de que una parte de tu cuerpo se ha desprendido de tí en ese preciso momento, que esa uña  pese a la esmerada cura que el personal médico nos proporciona dejará de pertenecerte.

En esta  nueva jornada me despierto y salgo en solitario, atrás queda Valtourneche al amparo de las luces. Carles y Sergi han partido al menos media hora antes, el cansancio acumulado ha tenido como consecuencia el no intercambiar los números de teléfono y no han podido localizarme, realmente no sé si están delante o detrás. Por el camino voy pensando en cuáles han sido los aciertos de la logística en esta aventura y no dejo de felicitarme por el cambio de zapatillas, más bajas y estables, que las que uso habitualmente. Progresando por un carril como estoy unido a ese estado de semivigilia en el que me encuentro no reparo en las marcas que con claridad absoluta, -comprobaría después- me indican que lo abandone e inicie el  ascenso  hacia la derecha. Este despiste me supone una hora corta de retraso respecto a mi planificación inicial, hago firme propósito para que esto no vuelva a ocurrir lo no me impediría al día siguiente un nuevo error parecido.

Al haber dormido -eso sí escasamente- en el anterior refugio aprovechamos para curarnos los pies, también tengo una leve ampolla en el talón izquierdo que hay que revisar y atajar antes de que el mal derive en mayores. Paralelos al río y remontándolo nos dirigimos al nuevo collado, col Pinter, por una senda empedrada que pronto atravesaré una pradería, un nuevo alto en el siguiente refugio sobre todo para hidratar algo y recuperar del sueño que  nos acosa en la subida, Sergi hace tiempo que se despegó, yo como un zombie asciendo, descubriéndome a veces dormido de pie con la esperanza de que éstos por propia voluntad me saquen de este atolladero, veo a mi derecha alguien que está plácidamente echado sobre la superficie plana de un bloque de piedra. Es sencillamente la solución a este ataque súbito de sueño que padezco. Una imaginaria mano corre la cortina y a pesar dela luz que inunda esta despejada  media tarde me dejo seducir por la roca plana que con cantos oníricos me atrapa, caigo en un sueño profundo, 20 minutos donde el mundo deja de existir, alertado por los pasos de los ocasionales participantes que van pasado y con ayuda del frío que ya está calando la camiseta sobre la que estaba tumbado abro los ojos con renovadas energías.

Una vez alcanzado el paso del collado me permito lanzarme al trote, para en poco tiempo alcanzar de nuevo a Sergi que lidia sin descanso con las ampollas cada vez más insoportables. Aquí uno de los detalles, de los muchos que cada uno podría contar, sucede que en un improvisado puesto de avituallamiento, montado por una familia en la mesa de su propio jardín, nos detienen e insisten en que tomemos algo, incluso alertados por el mal de Sergi salen con un botiquín para efectuar una eventual cura, uno de los remedios caseros que nos proporcionan es un ungüento de fabricación casera entre cuyos componentes creo entender que se encuentra la resina y cuyas propiedades, -aseguran- mitiga el dolor de los roces. Muy agradecidos continuamos nuestro camino hacia Sant Jacques.

Salgo de Valtourmenche y enseguida me encuentro bastante animado al recordar los distintos mensajes de apoyo que he recibido estos días y que de manera desconsiderada no he respondido –sólo usaba el móvil como despertador y así  evitaba la preocupación de cargar la batería  cuando éstas se agotasen-. “Esas montañas son tuyas. ¡Disfrutalas!. ¡Qué privilegio, esa comunión con ellas!”. En el lugar exacto del recorrido desfilan unas detrás de otras, recorriendo un enorme circo glacial consiento en el privilegio de respirar este aire, de admirar cómo en los lagos alpinos que rodeo las montañas se reflejan y se acicalan bellas para nosotros, cómo el vasto espacio que nos separa del valle a nuestros pies nos invita sentados en cualquier atalaya de piedra a la meditación o simplemente contemplar cómo el sol dibuja con sus rayos el perfil de esta vorágine de sierras escarpadas.

En estado excitado llego a uno de los refugios donde tomaré algo, alguien me saluda, creo reconocerlo, está tumbado sobre uno de los bancos de madera junto al merendero, es Sergi. Carles por su parte ha continuado. Comentamos lo que nos espera, además de la incipiente bajada nos quedará una subida de más de 900 metros con su respectiva bajada, me hace gracia que en el perfil gráfico que manejamos esta “incidencia” ni siquiera aparezca y que sea en los paneles informativos que hay en todas las bases y puntos intermedio de paso donde recabamos esta información.

Aprendemos a escuchar nuestro cuerpo, un micro sueño en el tapiz verde junto al camino obra el milagro y notamos cómo los pies obedecen y avanzan con más soltura, en las bajadas casi siempre me adelanto sobre todo si estamos de día, porque he comprobado que si lo hago al semitrote el sufrimiento es considerablemente menor al tener apenas que retener la inercia. Aún queda tarde para llegar a Ollomont de día, eso pienso. En la última bajada desde el col de Brison a Ollomont  rebajo a la mitad los pronósticos en el tiempo que los voluntarios situados en el collado indican a la mayoría, necesitarán para situarse en el fondo del valle.

El sueño es cada vez más persistente y se presenta como el bandido que asalta al incauto viajero, sin avisar, sobre todo al amanecer, agravado si antes has comido. La mente se encuentra en un estado endorfínico constante y las alucinaciones son regulares, extrañas formas surgidas de las rocas, se ofrecen bajo apariencias humanas a ayudarnos, a ofrecernos alimentos imaginarios para continuar, figuras pictóricas se forman en el suelo a partir de cualquier combinación de hojas secas y ramas entrelazadas emulando reconocidas obras de arte, caras sonrientes que desaparecen al tratar de acariciarlas con las manos, farolas que se insinúan – aprendices de Rita Hayworth en su inigualable interpretación de Gilda, lanzan su guante a los que pasamos al compás del melodioso “Put the blame on me”  acompañado por la música del  generador del refugio cercano.

BONATTI, EL GIGANTE EXCEPCIONAL

 
 
Una vía por donde estos seres que nos precedieron marcaron la roca con el sueño  del ave. Una vía por donde ahora nosotros  caminamos, siguiendo la estela que dejaron, con la esperanza de transformar nuestro espíritu, y por donde otros nos precederán buscando el paraíso en  estas montañas.

Tenemos la última sección a la vista, ambos estamos de acuerdo en llegar de día, saldremos un poco antes, sobre la una de la noche, sin Carles  que ha decidido continuar y acabar lo antes posible. Me voy a la cama  e indico a Sergi donde estoy, despierto un tanto desorientado, quince minutos antes de lo estipulado, y compruebo que Sergi no es el que duerme en la litera contigua, la escasa luz  con que cuento no ayuda, tampoco quiero molestar a nadie vista la reacción del que duerme en el supuesto lugar reservado a Sergi. Salgo a la sala de urgencias que es más cómoda y amplia para cambiarme con la esperanza puesta en el reloj de Sergi, para que lo despierte a pesar de que en más de una ocasión se ha quedado dormido por la débil alarma con que cuenta dicho aparato y esta vez parece que así ha sido ayudado por el cansancio acumulado a falta de una etapa – 40 kms escasos- para finalizar.

Inicio la marcha con la esperanza de que me alcance durante la mañana, sé por experiencia que cuando las ampollas te acosan insistentemente la rabia te impulsa subliminando el dolor a extremos inconcebibles y se trata del último esfuerzo.

Falta poco para amanecer acabo de pasar por el primer control de la bajada al Champillón y me encuentro en un ancho carril, el cuerpo pide un poco de descanso, a pesar de la inicial resistencia sucumbo al poder de Morfeo, desesperado me siento en cuclillas sobre la yerba de la cuneta, no más de 5 minutos, erán  suficientes para reiniciar la marcha con renovadas energías, la tupida alfombra verde bajo mis pies ayuda a la progresión. Me obligo a trotar, porque quiero aprovechar esta oportunidad, en la que las fuerzas parecen brotar intactas de cada uno de los músculos de mis piernas. Tanto entusiasmo trae como consecuencia el obviar las indicaciones -algo confusas por cierto- en el siguiente cruce, continúo de frente dejando a las espaldas el giro correcto, al llegar a un cortijo, la persona que me atiende me saca del error, por un momento me debato entre volver sobre mis pasos o seguir las indicaciones de este señor que muy amablemente se esfuerza por hacerse comprender en su italiano algo cerrado, como no quiero sorpresas, vuelvo sobre mis pasos evitando de esta manera la equivocación al grupo que me precede.

Alcanzo el tercer punto de control dentro de esta sección y de nuevo las señales son inequívocas  -el bostezo,  el paso que se torno lento y pesado- me tumbo  sobre una tarima de madera de una de las casas abandonadas junto al sendero que hoy recorremos  unos 20 minutos, esta recarga energética resulta fundamental para conquistar el col Malatrá, el último bastión que vencer antes de la ansiada meta, Courmayeur.

Tranquilo voy subiendo, disfrutando con lo que tengo delante y echando de vez en cuando una mirada a los kilómetros de montañas que han quedado atrás. Con pasos pausados y firmes sabedor de que una vez superado el Malatrá quedará poco, una brizna de nostalgia recorre mi estómago, llevo una semana caminando, corriendo, trotando y me parece mentira que tan cerca del objetivo como estoy quisiera que éste permaneciera inalcanzable, cojo en el refugio siguiente una naranja que mondo por el camino, y aprovecho cualquier reguero de agua de los que por mi derecha descienden recogiendo la nieve fundida para mojar la gorra y hacer más  llevadera la calurosa ascensión. Me encuentro con dos montañeros de avanzada edad con los que comparto unas breves y puntuales impresiones, tras dejarlos atrás el sendero gana rápidamente pendiente, el gran circo esculpido con la infinita paciencia del hielo queda atrás y la pared del Malatrá  justo encima de nuestras cabezas queda a nuestro alcance. A pesar de que la inclinada rampa con una pendiente  te escupe hacia atrás haciéndote derrapar, llego al primero de los escalone metálicos que montados  con un pasamano facilitan el asalto al Malatrá, los dejo a mi izquierda no es momento de vacilaciones, prefiero los apoyos naturales que hacia la derecha encuentro para impulsarme en un corto zig-zag hacia la cumbre, donde soy recibido  por parte de una familia de montañeros que disfrutando del día se han apostado en este paso animando y dando la bienvenida a todos los que pasamos por ahí, el tantas veces oído estos días “bravo, bravo”, se torna en esta ocasión música celestial.

Un alto se hace necesario en este punto, frente a nosotros se despliega en todo su esplendor el macizo del Monte Bianco que con sus cumbres nevadas ha ejercido un hechizo permanente en aquellos viajeros que han buscado algo más del camino, camino  que cuando se abandona se convierte en aventura. Desde aquí, y con el MontBlanc siempre pendiente de nuestro progreso descendemos hacia el refugio Bonatti -el gran escalador italiano que se ha ganado un lugar propio en este Olimpo de nieves perpetuas, recientemente fallecido-, marcamos el paso en el punto de control a la vez que nuestro esfuerzo es reconocido y aplaudido por las numerosas personas que disfrutan en la terraza del refugio de este día y de estas montañas.

No ha pasado una hora cuando desde aquí y siguiendo el valle a media altura por un sendero sin desnivel apreciable que salvar, alcanzo el refugio Bertone, antesala de la meta que espera en otro tanto. Por una senda empedrada que baja, saludando y animando a los pocos que aún encuentro en esta jornada, alcanzo -con emoción contenida- las calles de Courmayeur, recibo con inmensa alegría los ánimos de los vecinos, visitantes, curiosos y otros Gigantes que con enorme satisfacción disfrutan de una merecida cerveza a la par que te transmiten con una mirada silenciosa pero contundente: “¡Bravo, lo has conseguido!”

Malpensa, Milano aeroporto, 20 settembre 2011

Tor des Geants, Edizione 2011

Autor: Eltziar

PD: Fotos: https://picasaweb.google.com/107061925269981031496/TorDesGeantsLarge

Un pensamiento en “Tor des Geants 2011, por Eltziar.

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