Sahara Bike Race 2010.

En el periodo del 26 de Marzo al 4 de Abril del pasado año tuvo lugar el II Sahara Bike Race, se recorrió una distancia de 350 km en pleno desierto del Sahara Occidental, en un trayecto que fué paralelo al Muro de la Vergüenza que el gobierno marroquí ha levantado para dividir la tierra saharaui. Durante esa semana los participantes conocieron y compartieron la compleja vida de los saharauis en los campamentos de refugiados, vivieron en sus jaimas y comprendieron la situación de este pueblo que a pesar de las adversidades nunca pierde su capacidad de contagiar optimismo y esperanza.

La Sahara Bike Race es un evento deportivo de solidaridad con el Pueblo Saharaui, promovido por la Secretaría de Juventud y Deportes del Gobierno de la República Árabe Saharaui Democrática y la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui de Sevilla.

Nuestro amigo Paco Contreras/Eltziar estuvo allí y nos cuenta su experiencia:

Habituados como estamos a las carreras donde se mima hasta en el último detalle al corredor, participar en la Sahara Bike Race ha supuesto un cambio de parámetros que han otorgado al correr una nueva dimensión, más cercana a la aventura, a la libertad , a la autonomía y a la solidaridad . Si tenemos en cuenta el motivo por el que nace esta carrera y la convivencia con las familias saharauis de los campos de refugiados de Tindouf, ubicados en el desierto argelino, en la terrible Hamada, -infierno en hassaní, no en vano  cuando se quería maldecir a alguien se acudía a la antigua fórmula beduina: “Que Dios te condene a la Hamada”  entenderemos por qué esta carrera es tan especial .

Hace más de dos años que rondaba por mi cabeza la posibilidad de hacer una carrera por etapas en el desierto, era casi una obsesión, en octubre del año pasado por motivos laborales ya tuve mi primer encuentro con el “desierto de los desiertos” e iba un poco embriagado por el recuerdo de las lecturas que en la juventud realicé de autores como Vázquez Figueroa y su Tuareg, arquetipo del hombre perfectamente adaptado al medio y empeñado en mantener viva su manera de vivir, su espacio y su esencia como representante de su pueblo frente a un occidente devorador que no se detiene ni nunca respetó otras formas de ver y entender la vida.

Varios amigos habían participado en alguna que otra carrera de semejantes características y relataban las excelencias de este nuevo medio, ajeno hasta entonces a nosotros, habituales del monte y de los desniveles de vértigo. Por eso cuando marqué el número que facilitaba la organización y les comenté la posibilidad de realizar el recorrido íntegro corriendo, lo que estaba pensado para bicicletas, debieron pensar que me equivocaba, que estaba confundido o como mínimo loco. Y como a los locos suele concedérseles la razón contestaron que sí.

Así nos vimos aterrizando en Tindouf, desierto argelino que alberga a la mayoría de la población saharaui, más de 200.000 almas que esperan con resignada paciencia y  firme determinación del que se sabe en posesión de la verdad, el derecho y la moral, regresar a sus hogares que abandonaron huyendo de la guerra y de los que fueron  aislados por más de 2700 kms de un vergonzoso muro. El aterrizaje en esta ocasión, a diferencia de la vez anterior que fué nocturna, nos ofrece una visual demoledora de lo que son los campos de refugiados, decenas de poblados desperdigados en el plano de arena y esporádico pedregal que se abre ante los ojos del visitante, separados unos de otros a una prudencial distancia para evitar enfermedades. Sin apenas tiempo para encajar la nueva situación, el avión aterriza no se sabe muy bien  cómo,  ni si lo ha hecho en una pista de un aeropuerto o en una carretera secundaria de nuestra red vial. No podemos reprimir los aplausos espontáneos y generalizados agradeciendo la pericia del piloto al tomar tierra,  para a continuación salir al encuentro de más de 40 grados centígrados a  la sombra. Bienvenidos al desierto del Sáhara, pensamos mientras rellenamos los obligados impresos aduaneros parapetados en cualquier resquicio de sombra que el modesto aeropuerto ofrece.

El transporte hacia los campamentos de refugiados se realiza en camiones y vehículos todoterrenos. Tras recoger el equipaje, las maletas y bicicletas debidamente embaladas, se disponen junto a los que iremos en los cajones, partimos hacia la aldea desde donde  el día siguiente se dará el inicio de esta aventura. Las aldeas, ciudades, wilayas, es un intento administrativo de organización de la población, dichas ciudades-campamentos toman el nombre de las ciudades de las que se supone al menos la gran mayoría hace unos 35 años abandonaron huyendo de la guerra y del napalm del enemigo. Éstas se articulan en un entramado de dairas donde a su vez se distinguen los barrios y se ubican las familias. Será en una de éstas, campamento del Aaiún,  donde por grupos nos alojarán para pasar la primera noche. A  pesar de la falta de recursos y la pobreza latente el trato es exquisito, esta es la primera lección que aprendemos: la calidad en la atención a los huéspedes no está ligada a los bienes materiales, sino a una cualidad del alma que consiste en ofrecer al invitado lo mejor de sí mismo, y en este sentido el saharaui es un pueblo sobresaliente. Somos atendidos como miembros de la familia, el obligado ritual del té sirve para abrir nuestros corazones a estos anfitriones, de dónde venimos, qué vamos a hacer, etc.

Amanece. El sol desparrama sus tenues rayos por la superficie arenosa del entorno dentro de poco, hostil y contrario a las leyes de la supervivencia. Algunos saharuis madrugadores aprovechan para trabajar en la construcción de sus viviendas de adobe, fabricando sus propios ladrillos, a la vez que el ganado caprino cercado en pequeños corrales fabricados con desechos de todo tipo, alambres, viejos camastros, puertas de vehículos, esperan su raquítica ración de alimentos consistente la mayoría de las veces en las sobras de sus dueños humanos o en cartón migado en agua.

Madrugamos en el primer día, con el cuerpo no habituado y algo resentido tras haber cambiado nuestras cómodas camas por la alfombra sobre el suelo con la primera etapa esperándonos para poner a prueba nuestros cuerpo y mente. Se sale más tarde de lo deseado, el sol ha subido por encima de nuestras predicciones y tendremos  que correr con temperaturas análogas a las de nuestro verano peninsular. La salida oficial se dará  en una pequeña plaza delimitada por un círculo de piedras, los niños, mujeres y hombres allí congregados nos trasmiten sus ánimos y su sentir reindivicativo, denuncian la situación de olvido, en este desierto, viviendo como pueden de la caridad internacional, olvidados del principal cauce de opinión pública occidental.

Sabemos que el sol está alcanzando el orto, los allí presentes estamos deseosos de mover la maquinaria que con gran esmero se montó la tarde anterior para que cumpla a la perfección con su objetivo, cruzar el desierto de arena al ritmo que impriman las piernas de sus conductores. A pesar de haber tenido un escaso contacto nos encontramos  a gusto, el desierto terminará de hermanarnos. Tras ser despedidos por los niños, iniciamos por fin la aventura que nos ha traído aquí. Muy rápidos, es lógico, hay que liberar la tensión, sumergirse al fin en el horizonte de arena y pedregal, respirar el aire tórrido. Por delante tendremos cuatro días intensos para aprender que  los hombres y mujeres del desierto  se guían por las estrellas, que no son esclavos de la tecnología ni del reloj, que sus voces derribarán el muro. Al ir corriendo era inevitable pasar largos momentos en soledad, es cuando puedes escuchar y dialogar con el desierto, a cada paso  se amplifican tus sentidos, no hay nadie más contigo pero no te sientes perdido, sea cual sea la dirección que tomes en la encrucijada siguiente, habrá un amigo saharaui que esté velando por ti y que acudirá en tu ayuda.  El último día con la llegada a Tifariti y la entrega de medallas al esfuerzo, el lema que las inspira no podía ser más apropiado: “resistir y vencer”. De vuelta a nuestros hogares, creo que habiendo dado tan poco en comparación a lo que hemos recibido, todas las personas que tuvimos la oportunidad de compartir esta experiencia nos hemos convertido en embajadores solidarios de este pueblo: ¡Sáhara libre!

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